PIEDRAFITA et Le Pass du Nord

 

PIEDRAFITA y El Paso del Norte.

Es un placer volver a estar por aquí y más en esta época en la que estamos volviendo a salir a las rutas de más de una mañana.  Por fin podremos volver a ponernos la ropa de bici, ésa que se nos queda ajustada.  Ésa que ha sido trabajada por los duendecillos de dentro del armario y que te la han encogido.  Sí, sí, ésa que menos mal que es de lycra, pero que está más estirada que la cara de Sara Montiel.  En fin, al principio de este tiempo veraniego te pones en cabeza del pelotón de los colegas de bici de carretera y provoca que algunos vayan sonriendo y comentando porque lo que realmente piensan es que les quitas mejor el aire que una marquesina de autobús.  Pero todo es relativo.  Ahora hay que centrarse y bajar algún kilo si se puede y volver a ser los que éramos.  Por eso las rutas de ahora son más que buenas.  Al hilo de esto también se agradece que haya un puñado de colegas que se han dedicado últimamente a crear, recuperar, poner en conocimiento y sobre todo darle valor al patrimonio etnológico que supone el redescubrir nuestros senderos, los de nuestros mayores, los de siempre, los de herradura, los tradicionales a través de una labor de búsqueda oral y física, de limpieza y recuperación.  No debería caer en el olvido nuestro ingente legado, nuestra red de caminos tradicionales; y es por eso que la ruta que os voy a comentar se basa principalmente en la herencia de nuestros mayores.  Como nos decía nuestro colega Tanano: “Era el camino que hacía mi madre con el ganado para llegar al pueblo”.  Tal es el sendero de bajada y podéis haceros una idea de lo que os espera, pero…al tiempo.

 

Una vuelta por las dos faldas del valle. 

Empezamos el recorrido desde la plaza de Piedrafita.  Allí dejamos los coches después de una prolongada conversación en el Estacho, de Biescas.  Habíamos quedado para un café y puesta en común de las inquietudes ciclistas para el día en cuestión.  Después de desayunar opíparamente como mandan los cánones y las buenas costumbres, de enviar un fax preceptivo y de pillar wifi en el sitio indicado para ello.  Como colofón otro cafelito que levante el ánimo.  Llegamos a la conclusión de que sería bueno ver la última ruta que habían pergeñado el tío Andrés (de Biescas) y el tío Tanano (aborigen del lugar).  Dicho y hecho.  Con los coches nos desplazamos a Piedrafita y en menos que canta un gato nos pertrechamos con todos los aperos para la ruta.  La descripción fue somera:  Primero subimos al ibón y luego hacemos el Paso del Norte.  Bien.  Conocíamos la segunda parte, pero….

 

Una visita a la casa de la abuela y unas fotos nos meten en harina, hoy sería un día de reencuentros.  Casi, casi.  Un poco más de portería y salimos familia con los del lugar, claro, como no, las familias antes eran largas y pocos se quedaban en el lugar, así que se desperdigaban por el valle y más allá, y entre ponte bien y estate quieta, lo dicho.

Pero a lo que voy vengo.  Salida en bici.  Tira p’arriba por la pista de Lacuniacha.  Ya sabéis la que lleva al parque de los bichos.  Hasta llegar a la zona de la entrada al parque faunístico se lleva bien, luego el tramo de la entrada es bastante duro, pero luego suaviza bastante y es muy llevadero por la inclinación, sin contar con las vistas sobre la Partacúa.  Una delicia de subida.  Más pronto que tarde nos desviamos hacia el ibón de Piedrafita por un par de rampucias con inclinación de las que te ponen la almorrana a punto de nieve pero que no asustan mucho porque enseguida llegamos al ibón.  Precioso.  En estas fechas lleno de gente por todos lados, paseantes, ciclistas, senderistas, etc.

A partir de aquí es distinto.  Empieza la aventura.  Por el camino marcado nos aproximamos al final de la pista que se ha transformado en roderas sobre hierba.  Es preciso buscar las marcas de sendero balizado y sobre un canchal a derecha transitamos por una traza algo delicada a tramos.  Técnica y exigente al tiempo nos traslada sobre el valle en dirección al arco geodésico que está sobre Búbal.  Esa es la dirección buena. La marca nos llevaría empujando la bici del ramal en varias ocasiones, pero el camino mejor marcado va descendiendo sobre tasca, que a mi modo de ver es más lógico y no necesita de mayores aderezos.  En un pis pas y sin ser realmente exigente estamos en disposición de hacernos la primera bajada.  El sendero nos llevará directamente hasta la salida a la carretera general en el cruce de la presa de Búbal.  Pero esto no es hacer justicia, la bajada bien se merece un comentario.

Menudo sendero.  De 10. Con piedras como lavadoras, con escalones (más que el Corte Inglés) y raíces por todos lados se nos presenta una entrada de órdago.  Casco integral, metralleta, hipoxia totally, y a fuego por la traza.  Un salto, curva, ojooooooooooooooo, otra zarza.  Bien, hasta aquí, más o menos se hace con cuidado, pero ahora nos metemos desde los prados alpinos superiores al camino que baja por dentro del bosque.  Es como beber kas por un embudo.  A tope.  Flow al grado máximo, sobre el tapiz de hojas, no ves mucho, pero el camino es ancho (pensad que subían con las vacas por allí) y a la vez rápido, entrampado más que una película de chinos, con piedras del tamaño de un R5, que provocan que vayas de lado a lado.  Un auténtico despliegue de freno, olor a ferodo y diversión al grado máximo.  Es justo decir que si vas con un poco de control y a velocidad baja puedes disfrutar igual, pero……………………. Asina no es.

Fase dos.  Seguimos en el bosque, pero esta vez se vuelve más radical.  Aquí el camino viejo transita jalonado por las paredes de piedra que limitan los campos, fagocitado por el bosque, imbuidos en el ánimo de los gnomos, entre raíces milenarias y agua por todos lados vas descendiendo la parte más técnica y dura del camino.  El de verdad, el que te hace ver las estrellas y pone tus músculos al límite, entre las piedras redondas y los saltos de agua que el torrente ha excavado durante muchos años sobre el suelo limpiando y descarnando el piso inicial.  Es duro, muy duro.  Pero claro, habíamos venido para eso, para sudar tinta como los calamares. Ya estamos lobotomizados, con los cables cruzaos, violentos movimientos nos han hecho salir de nuestra zona de confort, ni siquiera la estricnina nos divierte en esta mina, jaaaaaaaaaaaaa, oxígeno.

Esta senda no es un duelo a primera sangre, no es para “justitos” aquí el que muere pierde, es enduro duro y barro, piedra, dolor y esfuerzo.  Por otra parte morriña de saber cuántos han pasado por aquí, el olor… aquí se echó Dios a descansar.  Era duro vivir aquí; mucho, no debió ser fácil.  Por eso si la hacéis no quedaros sólo con el sendero técnico, mirad alrededor, sobre los muros de piedra, los campos, las tablas y veréis cosas que ya nada tienen que ver con la bici.

Ya en la carretera nacional debemos cruzarla al otro lado y llegar a la presa de Búbal, por el interior del túnel, para ascender en 2.4 km de asfalto hasta el pueblo de Hoz de Jaca (famoso por la QH, la tirolina y un par de bares que te ponen unas raciones de …….. bueno que me voy)  Al turrón.  Soy más de bares que de trampolines.  Nosotros lo que tenemos que hacer es subir por la pista encementada de Sabocos.  En un rato tomar el primer desvío de la derecha para abandonarla dirección ascendente y mantener cota por la falda de la montaña con la vista puesta en el bosque.  Hemos dejado varios desvíos indicados con cartelería a izda pero el nuestro es una pista también encementada con una desnivel que te pone los pelos como escarpias.  No hay otra cosa.  Las piernas ya se están calentando y lo que les espera.  Nada con exceso rima con mesura, la droga dura lo que dura, dura.  Así, en estos pensamientos llega el momento en que la pista pierde pendiente.  No me lo creo.  Llaneamos.  La pista por fin en una curva se mete en el bosque.  Aquí empieza el Paso del Norte.  Increíble.  Por fin nos calzamos las protecciones.  Es un sube y baja muy entretenido con algún empujón de la bici en muy pocos tramos y muy cortos.  Para compensar.  Transcurridos unos minutos ya no piensas, ciclas, sigues al biker de delante serpenteante entre hayas, entre laureles, fresnos, avellanos, con el nivel de adrenalina a tope, encefalograma plano e introducido totalmente en el mundo lanar (ya no piensas).  Es una gozada para los sentidos.  El desnivel no es mucho y el slalom se hace prolongado, pero de vez en cuando al salir de alguna curva nos sorprende un descenso de pocos metros 10-15 con una pérdida considerable que te hace pretar el culo de tal forma que no entra ni un pelo a martillazos.  Sí que hay que controlar porque los árboles están muy cerca, pero son factibles de trazar con conocimiento, amén de algún tocón que se ve en la caja del sendero.  En dos ocasiones además hay que cuidar con el manillar porque los árboles no permiten el paso a las anchuras que ahora llevamos (75-80 cm), por eso y porque es bueno seguir las pocas indicaciones de camino que están clavadas.  Hasta llevar a Tripilituero no hay desnivel considerable, pero “ay amijo” ahora nos toca hacer una media ladera, a cuchillo sobre tierra y un festival de curvas hasta la pista que te vas a agarrar al manillar como si no hubiera un mañana.  Reconozco que hice ceprén hasta con el “ojo de Mordor”.  El trazado es una cantidad de zetas a 270º con desnivel que te centra sobre tu nivel de conducción máximo, un fallo por exceso y se te pelean los dientes por salir de la boca.  Pero realmente es una prueba a pasar porque es factible, necesaria y sobre todo muy satisfactoria.  Ya no puede estar mejor trazado el descenso.  Un acierto de Andrés, la verdad.

Una vez en la pista la opción es clara; dirección a Sta Elena por el sendero.  Muy buen piso, con algún tramo delicado, pero con calidad y fuerza se sortea sin problema la barbacoa de piedras que nos jalona el tapiz.  Sendero, torrentes, árboles… ¿qué más puedes pedir para un día de calor?  El tramo de bosque casi no permite entrar la luz, el suelo no se ve por la cantidad de vegetación depositada sobre la caja de la senda.  Un lujo de ruta.  Y por fin llegó la entrada a la senda de Sta Elena después de una empinada cuesta de piso de piedra descompuesta.  Casamatas de la Guerra Civil, obras civiles y muros, restos de intervención humana devorados por la vegetación.  Desprovisto de todo barniz de civilización y en un entorno privilegiado Le Pass du Nord es una opción no apta para aquellos que deseen vida pacífica y suelo liso, aquí no puedes ser un gallina o un julai, como Martín Mc Fly, aquí te engorilas y te vuelves más valiente que un camión, fallas y tiene más peligro que jugar a twister con Carmen de Mairena, es puro deleite.  Una tromba de sensaciones y despliegue de sudor y pedales.

Del camino de Sta Elena a Biescas, poco os digo, salvo que es ciclable, muy apropiado y sobre todo tened mucha prudencia porque es muy transitado por familias, corredores y paseantes, etc.

Ruta de 10 sin excesivo desnivel y con un festival de piedras en su primera parte y de senda de bosque en su segunda.  No se puede pedir más, tiene de todo.  Para completar sólo se me ocurre acabar en el Forato con una jarra de ámbar bien fresca y una hamburguesa de buey, conversación con los colegas y comentar todo lo bien que lo hemos pasado (exagerando los pasos técnicos como si fueran del RedBull Rampage) y reírnos a moco tirado de ver lo modorros que somos.

Un placer haber convivido y haber sobrevivido a tanta alegría y esfuerzo.  No despreciéis el desnivel (bajo 1000m+) porque se hacen muchos tramos por senda y eso te deja manso, pero manso.  Mejor imposible.  Un bosque de ensueño.  Podrían haber rodado aquí el Señor de los Anillos y ni nos hubiéramos dado cuenta.

 

 

Un abrazo compañeros.  Nos vemos en las sendas.

 

Pdta.  Como siempre y aunque no es necesario recordarlo, seamos amables con los paseantes y disfrutar de la compañía de cualquiera en el monte, ahora que las “cosas” están algo delicadas y es preciso que nos vean a los ciclistas de monte como uno más y no como competidores por el espacio.  Gracias.

 

 

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