En Francia, nada tiene importancia.

Recorriendo el Alto Bearn.

 

 

Acabo de lavar la bici y mientras lo hacía he disfrutado de una tranquila y apacible mañana, salpicada de los intensos rayos de sol, típicos del Valle del Cierzo, para el momento que nos encontramos, pleno agosto, canícula total.  Al tiempo que se me socarraba la “fueta” –parte de atrás del cuellu, charrando n’aragonés- me ha asaltado una certeza que rondaba por mi cabeza ya hace unos tiempos.  Es verdad que esta sensación se va notando y la vas apalancando en la parte de atrás del cuarto oscuro del cerebelo posterior, pero al final se manifiesta en el día menos pensando y en forma de regalo navideño.  Al final doblas la rodilla como los toros y te acochinas en tablas hasta llegar a reconocer lo inevitable.  Con mucho dolor de corazón y resignación propia de cartujo, lo expresas (jamás a tu pareja, of course), pero sí a los colegas.  ¿Qué ha pasado?  ¿Por qué a mí?  ¿Acaso estoy en el ocaso de un recorrido en el cual debo acostumbrarme a que los planes multiactividades, con citas de salidas biker monstruosas, grandes celebraciones posteriores y retornos al día siguiente a por más caña, se han acabado definitivamente en favor de un descanso merecido y recuperación del cuerpo porque ya no da más de sí?  O simplemente es un impás de tu forma física.

En fin, va a ser eso.  O eso, o la junta de la trócola.  Pero no, ya se sabe que todo tiene un límite y para una servidora un rutón de 1600 m+ con bicicleta pulmonar, ansia viva de poder solucionar todas las trazadas subiendo y bajando, porteando, sufriendo, oliendo como si fuera un choto, disfrutando de las bocanadas de libertad del monte con su aire renovador, fresco, agua cristalina (de esto hablaremos más tarde) y una sensación de vitalidad sólo comparable a la vida de soltero, no tiene parangón.  (Por Dios, que no lea esto mi parte contratante de la otra parte de mi parte).

Y todo ello, reconozco que a pesar de lo que es no me incomoda, de hecho reconocerlo es un principio para poner remedio a esta enfermedad de la pila.  De la pila de años.  Otro síntoma evidente es que mientras disfruto de una redacción gozosa, de fondo tengo una lista en reproducción sonando de fondo que tiene más años que el hilo negro, y que me agrada, me reconforta y me hace sentir tremendamente bien.  Entre ellos, Slackstring, Loch Lomond, Peter Tosh, David Gilmour, Dropkick Murphys, The O’Reillys and the Paddyhats o Leonard Cohen, entre otros.

Los resultados a la vista de la lectura de esta pequeña introducción son evidentes: cansancio y pesadez de piernas, apertura del patio de caballos (en fin, que te cabe una riña de perros entre las garras y además diría para los más “experimentados”, la visión es que pareces la parte de atrás de un Renault 8); en otro orden de cosas, relajación de cuerpo y mente –vamos, suave como un guante- y la total certeza de que el verde que mantienes en la retina volverá en menos que canta un gato porque las endorfinas segregadas en el día de actos te han enganchado hasta la médula.  Yonquies de las sendas, dependientes del aire puro, de los altillos, de la caliza y los helechos, del barrizal y las cubiertas de 2.5’’, de unas máquinas creadas para hacer sufrir cuerpo y mente en busca de los límites naturales del cuerpo humaño.  Nada es lo mismo que el nihilismo.

Así las cosas deberían vuesas mercedes saber en qué consistió tan magno acontecimiento, digno de los mejores paladares ciclistas y montañistas.  No se trata de una ruta al uso, o de una búsqueda del hedonismo endulerdo per sé, no señor, es un compendio de sensaciones plasmadas en diferentes momentos por los cuales atraviesa el protagonista.  Distintos y diferenciados tramos, determinados por la zona y la orografía, que aportan cada uno su calidad, su sentimiento, su esfuerzo o si preferís laidiosincrasia propia del territorio.  La ruta podría definirse como una travesía en busca de los lugares más carismáticos de esta región meridional de la Aquitania francesa y vecina nuestra.  Tan parecidos y tan distintos, los mismos y diferentes a la vez.  Con una historia casi común y proximidad tan evidente que es inevitable compartir espacios y voluntades.  De hecho alguno de estos pueblos, como Aste, Castet, Beost o cualquier otro me recordaba mi infancia por Sallent de Gállego, Tramacastilla, etc.

Suena Wax and wire, y me lleva flotando hacia Castet.  Maravilloso.  Subida por el puerto entre millones de hayas, enanos, hiedras, elfos, “Eldelbar”, setas, curvas imposibles, de pretar el culo y meter riñón hacia la siguiente rampa con un desnivel “esqueroso” pero que no te impide continuar porque el firme es lo suficientemente bueno como para seguir.  Y más sombra, y más castaños, abetos, incluso alguna secuoia.  Hay humedad suficiente como para pillar reúma y sudar por todos los poros de tu cuerpo.  Si me quito en la cima de Castet la camiseta se queda de pie, sus lo juro por la tumba de mi mula Romera.  Y no es más que el principio.

Sin solución de continuidad nos adentramos por las pistas que jalonan el territorio del Alto Bearn para ir descubriendo la flora, fauna y también su componente humano.  Nos encontramos docenas de paseantes, algunas familias que habían alquilado borricos para llevar el material o a sus pequeños, barranquistas, campistas o simplemente amantes de la naturaleza.  Y entre ponte bien y estate quieta vamos llegando al Col de Jaut, que tantos problemas de pronunciación nos dio.  No hay que olvidar que aquí los aborígenes utilizan el Occitano como parte de su cultura ancestral y por tanto el francés académico se queda como una parte del lenguaje.

Las bordas de pastores están bien cuidadas, de hecho se utilizan casi todo el año y junto a ellas los refugios abiertos presentan un estado más que aceptable.  Con esta concepción del medio encontramos un grifo de agua al que nos acercamos a tomar reservas con que rellenar el camel-back para el resto del recorrido hasta el lugar de partida.  ¡Ay amijos!, craso error.  Pero quién lo iba a saber.  Ya la mañana pintaba regulera cuando tuve que solucionar un problema de cambio a mitad de subida, pero que se solventó con garantías hasta el final, pero esto, ¡ay esto!  Nada, nada, refrescar, refrescó, pero a los 30’ de haber consumido el líquido elemento no me atrevía ni a pestañear.  Gensanta, qué ebullición.  Me iba de canillas, por la pata abajo casi sin remedio.  Sólo me impidió tan desagradable visión el hecho de estar en compañía de mi colega, al que aprecio y que no merecía semejante espectáculo, pero yo me cagaba hasta en lo más sagrado.

Bueno, corramos un tupido velo y continuemos con la reflexión.  Incluso redactando.  Ya hemos llegado al punto clave, Jaut, después de un ascenso continuado de 1000+ de desnivel.  Ahora toca retratarse.  A través de los prados alpinos, a cuchillo y con conocimiento montañero toca ascender hacia el paso que nos habíamos propuesto como solución a la ruta.  Una tasca alfombra nuestra ascensión, naturalmente sin arbolado, hacia la cota de 1780 que nos espera ansiosa de ver nuestras caras.  Una buena ciclada alpina por las trías del ganado vacuno nos conduce hacia los derrubios de la montaña.  Un depósito calizo, un corte sobre el castillo, una visión superior entre la montaña y el cielo.  Nuestro paso, el corte de la espada de Roldán, un portillón con pocas facilidades para las bicis eléctricas, salvo que estéis más fuertes que el vinagre y os la echéis a la espalda y como titanes portéis el peso a la parte superior.  Debo reconocer que no es mucha distancia.  Tal vez 500m, pero con un desnivel positivo que rondará los 200+.  Con lo cual es necesario pensarlo.  Pero es la traza.  Sufrir, sudar como camellos, ascender y coronar el paso franco.  Extremadamente duro.  Debéis tener presente que a estas alturas habremos acumulado ya más de 1400m+, pero es por aquí.  Mi colega Monsieur Cirá, un caballero donde los haiga, tuvo la deferencia en vista de mi estado físico por lo ya descrito que echarme un discreto cable y antes de que se lo pidiera ya había bajado a prestar su hombro para portear la última parte de la subida.  Y así fue como superamos el obstáculo de piedra y sufrimiento.  Col de Lalléne.  Indescriptible visión sobre los Pirineos franceses.  No creo que la olvide en mucho tiempo.

 

 

 

 

La récompense au sommet avec un panorama splendide entre le le Pic du Midi de Bigorre et le Pic d’Annie, en passant par le Gabizos, l’Ossau….Au sommet il ne faut pas avoir peur du calme et de la solitude!

 

Os aseguro que merece la pena, por lo menos una vez, contemplar la visión especial de la otra vertiente.  La otra cara de nuestro Pirineo, tanto del Norte como del Sur.

Un descanso, como decía y ante la visión de un rebaño de ovejas que pastaba tranquilamente en el collado próximo comenzar a buscar la ola, surfeando sobre el verdín, descendiendo hacia menores presiones, toreando las trías, cabalgando nuestra máquina como si voláramos en el espacio sin peso ni gravedad.  (Ojo-cuida, que sí que la hay, es más como falles te metes una tollina que se te pelean los dientes por salir de la boca).

Rodear, picos, el de Coos, y cualquiera que nos impidiera un descenso limpio.  Praderío impresionante, mar de verde, ondulado por el aire pirenaico, vegetación de ladera y sobre todo Pirineo Atlántico.  No hay mejor cosa que navegar con viento a favor, descendiendo hacia los puntos clave de la ruta, que en este caso era un refugio de pastores junto a un Col, d’Agnoures (de los corderitos) que nos volvió a recompensar con una suerte inmensa.  En busca de agua bajamos a solicitar a los moradores del lugar un poco de favor.  Y no sólo hallamos eso, sino que departimos ampliamente (seguro que lo creéis, porque portera que es una no puede negarlo, no se debe callar ni debajo del agua).  Y en estas estábamos hablando con los franceses, tomando agua fresca y riendo con las cosas de unos y otros, que casi no hacen tomar un Ricard.  Salvada la papeleta, sin acercarnos a tan pestilente licor, salimos antes de quedarnos a merendar con ellos.  Continuons.  Col de los Borreguitos.

Lamadrequeparioalosputoscorderos.  Dremía qué desnivel.  Clavos, cuerdas, arnés.  Los putos borregos estaban cogidos a la ladera con velcro.  Supu**amadre.  Menos mal que llevo un ancla para estas ocasiones (con 4 pistones por freno y discos de 203) porque la bajada está hecha “con conocimiento”.  Entras en el mar de helechos y ya puedes hacer ceprén con el ojo de Mordor.  Culo atrás leí una vez en una manual de técnica. Ni de broma.  Tu cubierta trasera debe dejarte la forcacha del culo en carne viva si quieres mantenerte sobre la bici en una posición honorable.  La tracción será compensada sino caerás como un tocino, para ello siempre están las ****as raíces, los agujeros bomba, los helechos que tapan la senda y la increíble vegetación que viste toda la ladera.  Pero no todo son sustos, sobresaltos y tensión máxima, también hay trechos de barrizal para revolcarnos como los jabalines y trías holladas por las vaquitas que dejan el suelo en perfecto estado operativo, amén de las tormentas que derribaron en su día más de 5 ó 6 troncos de hayas.

No todo es como lo he pintado.  Realmente sí lo encontraréis, en tanto no pasen los Comunes a reparar las sendas, pero la verdad es que una vez dentro del bosque y a pesar de que tiene más trampas que una película de chinos el sendero serpenteante entre las hayas y con zetas imposibles, sobre raíces de ensueño que parece estemos en Nueva Zelanda, o con unos virajes de tensión máxima, es apto para aquellos más valientes y técnicos que disfrutarán de un descenso “estilo Asieso” por la zona empinada.  Gozons.  Más tarde se abre en una pista que durante buen rato nos lleva por la ladera hasta casi dejarnos en la gloriosa sorpresa final, por no esperada.  Una zona que se transforma en un “rock garden” delicado, técnico, que te pone los pelos del culo a punto de nieve.  No exagero ni poco, ni nada, un despiste y das más volteretas que un gato.  Pelín delicado, ensalada de lavadoras con pocas trazadas que satisfacen al más exigente, limpio como espada de vegetación te fija tu punto de mira sobre la trazada apropiada.  Batidora que ayuda a soltar músculo, total no llevaremos más que 1550+ de desnivel y a estas alturas te pilla el Rocko Sigfredi y dudo mucho que lo notes.  En fin, un colofón de gloria bendita para un endurero que sabía que necesitaba rodar por helechos, prados, caliza, territorio diferente, francés….pirenaico en suma.

Final con un par de ámbars, coca-colas, isostar y todo el líquido que pillamos.  Un refrigerio a base de bocatas de competi y una vez cambiados, de vuelta.  Portería, comentario, sonrisas y ya pensando en cuando volver por este territorio.

Un consejo.  No os lo penséis.  Visitad a nuestros primos occitanos. Dar un paseo por la France.  Arremangaos y a darle.  No saldréis indiferentes.

Pdta.  Monsieur Grasa y resto de colegas.  En pompa que ya está cocinando la siguiente.  ¡Qué bueno el Comfortably Numb del tío Gilmour en Pompeia.  Viejuno.

 

Soy Tija.  Lagar-Tija.  Nos vemos en las sendas.  Un abrazo fuerte.

 

Datos técnicos.  Aquí está toda la info.

https://es.wikiloc.com/rutas-mountain-bike/moulle-de-jaut-et-col-lallene-11333648

En el Col d¡Agnoures, debéis coger el sendero que toma a la derecha sobre el collado para ir por la ladera de la derecha entrando y saliendo del bosque dirección a Aste.

https://www.strava.com/activities/3868544238          

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Compartir en: